jueves, 14 de octubre de 2010

Literatura corta...

♫♪Durante toda la tarde estuvimos paseando por las calles de la ciudad vieja. El sol estaba resplandeciente y el cielo estaba tan despejado que hacía comprender su infinidad, el azul del cielo era muy penetrante. Era un día muy hermoso.

Recuerdo esta tarde como ninguna otra en mi vida, la calurosa tarde, los bellos escenarios que nos brindaba la ciudad, las calles parecían de otro siglo, las casas nos remontaron a la ciudad antigua y desconocida, el calor no pertenecía a este lugar y parecía como si todo el entorno conspirara para que tuviéramos un buen momento.

Caminamos, hablamos y reímos, recordamos cada uno nuestras anécdotas amorosas y las compartimos con el otro sin sentir remordimiento en nuestro corazón ni sentimiento de culpa, el pasado era solo pasado, ahí se quedó, mágicamente en ese momento dejaba de atormentarnos aquellos fantasmas, en el mundo existíamos solo nosotros.

Cuando caía la tarde y se acercaba la noche fuimos a un viejo restaurante a comer, al entrar se sentía en aquel ambiente calor humano, no puedo describirlo con otras palabras, había mucho cariño en ese lugar y parecía como si ese cariño, si ese amor fraternal se dirigiera como una especie de energía hacía nosotros. Lo disfruté realmente, lo recibí y lo guardé para mí, para los dos. Toda esa energía, todo ese amor se trasladó a la comida, cada sabor estaba cargado de algo más que una buena combinación de ingredientes. Las luces tenues, la música suave, los colores cálidos ayudaron a formar un ambiente sencillamente perfecto. Hablamos en voz baja, no necesitábamos decir mucho ni decirlo fuertemente, más allá de hablar con palabras nuestras miradas eran capaces de expresar algo mucho más. Veía sus ojos como nunca antes los había visto brillaban de una manera incomparable, su sonrisa iluminaba su rostro de tal manera que pensé que así serían los ángeles. Después de hablar un rato y comer tomamos una copa de vino, sentados allí en aquella mesita redonda de mantel rojo, el momento de silencio fue más expresivo que un millón de palabras, nuestras manos se entrelazaron y en mi cuerpo entero sentí mariposas, un cálido abrazo me abarcó.

La noche había caído con toda su fuerza, caminamos por las desoladas calles y por fin llegamos al refugio, aquel lugar donde vivía, todo estaba en silencio, entramos a su cuarto, con sus brazos rodeó mi cuello y acercó lentamente sus labios contra los míos, todos aquellos tiempos se fundieron en un beso. Después me abrazó y en su abrazo sentí que más allá de los dos no había mundo, sentí la paz.

Los dos sabíamos que más allá del beso, más allá del abrazo no podía ocurrir nada más, pero para mí eso bastaba, recordé todos mis amoríos y a pesar de haber llegado más lejos con esas personas del pasado jamás había sentido lo que era verdadero amor. Acostados sobre la cama, abrazados yo deseaba que la noche no culminara jamás, yo estaría en disposición de quedarme así de por vida, a su lado. Al mirar el reloj supe que pronto amanecería, se acercaba el tiempo del adiós, sentí que me abrazó más fuertemente y sin decirme nada me di cuenta que sentía la misma angustia que se había adueñado de mi corazón.