lunes, 30 de abril de 2012

La noche de la bruja


Una distinguida dama entró a su casa llena de flores con grandes ventanales y delicados velos blancos que cubrían las ventanas. La dama abrió la puerta y sintió el limpio aire, el delicioso aroma de una casa de ensueño, se quitó su sombrero y sus guantes blanquísimos. Caminó con paso firme pero tranquilo por el pasillo que conducía a la cocina, su rostro mostraba que quería esconder un sentimiento contrario a la sonrisa de sus labios.

Al llegar a la cocina abrió la puerta que conducía hacía el sótano, tan pronto como abrió la puerta una perra de color cobrizo se acercó y juntas bajaron las escaleras, sorprendentemente el sótano era completamente diferente a la casa, no era un sótano en realidad, era la entrada a una cueva, húmeda, con paredes rústicas de piedra e iluminado con pequeñas antorchas, al terminar de bajar las escaleras la dama encontró su traje, una negra túnica y un sombrero de punta, ella se los colocó, su rostro ya no dibujaba la hipócrita sonrisa, ya su rostro se dibujaba extremadamente serio, podría decirse que en su mirada y en la expresión de sus labios se veía algo de rabia burlona.

Perra y dama caminaron hacía un pasadizo que llevó al centro de la cueva (como le llamo yo) y allí estaba el famoso caldero en todo el centro, había una pequeña mesa con un conjunto de hierbas y utensilios que imagino usarán las brujas que usan túnica y sombrero de punta negros.

Cuando la dama que ya no era una dama sino una bruja en ese momento se acercó al caldero, su fiel compañera  que en ese momento dejó de ser un perro y se convirtió en un pequeño monstruo lo hizo también, la bruja dirigió una mirada a al monstruo y dijo “Necesito que seas mi cómplice” y rió fuertemente, como lo haría cualquier bruja que está a punto de hacer un hechizo. El monstruo en respuesta hizo dos extraños ruidos (dos chidridos), la bruja sacó la fotografía y juntas empezaron el ritual.

Al salir del extraño pasillo y al llegar a la cocina, dama y perra (transformadas nuevamente por la luz) se miraron con complicidad y luego se separaron, la perra lo sabía todo pero aparentaba con su mirada no saber nada. La dama ya no tenía esa expresión oscura en su mirada, ahora su sonrisa era sincera, su sonrisa era una sonrisa de satisfacción que le permitió dormir plenamente aquella noche sabiendo que aquel a quien amaba sería definitivamente suyo.