Una
distinguida dama entró a su casa llena de flores con grandes ventanales y
delicados velos blancos que cubrían las ventanas. La dama abrió la puerta y
sintió el limpio aire, el delicioso aroma de una casa de ensueño, se quitó su
sombrero y sus guantes blanquísimos. Caminó con paso firme pero tranquilo por
el pasillo que conducía a la cocina, su rostro mostraba que quería esconder un
sentimiento contrario a la sonrisa de sus labios.
Al
llegar a la cocina abrió la puerta que conducía hacía el sótano, tan pronto
como abrió la puerta una perra de color cobrizo se acercó y juntas bajaron las
escaleras, sorprendentemente el sótano era completamente diferente a la casa,
no era un sótano en realidad, era la entrada a una cueva, húmeda, con paredes
rústicas de piedra e iluminado con pequeñas antorchas, al terminar de bajar las
escaleras la dama encontró su traje, una negra túnica y un sombrero de punta,
ella se los colocó, su rostro ya no dibujaba la hipócrita sonrisa, ya su rostro
se dibujaba extremadamente serio, podría decirse que en su mirada y en la
expresión de sus labios se veía algo de rabia burlona.
Perra
y dama caminaron hacía un pasadizo que llevó al centro de la cueva (como le
llamo yo) y allí estaba el famoso caldero en todo el centro, había una pequeña
mesa con un conjunto de hierbas y utensilios que imagino usarán las brujas que
usan túnica y sombrero de punta negros.
Cuando
la dama que ya no era una dama sino una bruja en ese momento se acercó al
caldero, su fiel compañera que en ese
momento dejó de ser un perro y se convirtió en un pequeño monstruo lo hizo
también, la bruja dirigió una mirada a al monstruo y dijo “Necesito que seas mi
cómplice” y rió fuertemente, como lo haría cualquier bruja que está a punto de
hacer un hechizo. El monstruo en respuesta hizo dos extraños ruidos (dos chidridos), la bruja sacó la fotografía y juntas empezaron el ritual.
Al
salir del extraño pasillo y al llegar a la cocina, dama y perra (transformadas nuevamente por la luz) se miraron con complicidad y luego se separaron, la perra lo sabía todo pero
aparentaba con su mirada no saber nada. La dama ya no tenía esa expresión
oscura en su mirada, ahora su sonrisa era sincera, su sonrisa era una sonrisa
de satisfacción que le permitió dormir plenamente aquella noche sabiendo que
aquel a quien amaba sería definitivamente suyo.

